01 Orientación, mirando a ninguna parte - Pablo Jarauta
Orientación: mirando a ninguna parte
Autor:: Pablo Jarauta
Año:: 2023
#PabloJarauta #formasdecultura #sistemasdeorientación
1.- Orientación
#orientación
En el año 1290, en la catedral de la localidad inglesa de Hereford, se instaló un enorme mapamundi realizado por Richard de Bello. El lugar escogido para mostrar esta obra maestra de la cartografía medieval fue el transepto norte de la catedral, reconstruido años atrás con un estilo francés. El mapamundi se presentó dentro de un tríptico de roble con dos puertas, que contenía las imágenes de la Anunciación, Gabriel y la Virgen, situado entre el sepulcro de Thomas de Cantilupe, anterior obispo de Hereford, y el coro. La localización del mapamundi de Hereford es un hecho a tener en cuenta. Desde sus inicios, el sepulcro de Thomas de Cantilupe se reveló como un ajetreado lugar de peregrinación; sólo en abril de 1287, año de su construcción, se registraron 71 milagros. ¿Qué hacía allí aquella piel de becerro coloreada, con listas de nombres y meticulosas imágenes, situada estratégicamente entre el ir y venir de los peregrinos? ¿Qué sensaciones provocaba su contemplación? ¿Qué dibujos e historias había? ¿Qué podían ver los peregrinos? En realidad, podían verlo todo, incluso la pequeña localidad de Hereford.
Para acceder al sepulcro de Thomas de Cantilupe había que cruzar el cementerio y acceder a la catedral por la puerta norte, una vez allí, los peregrinos ya podían intuir a cierta distancia, en dirección este, el gran mapamundi, advirtiendo a lo lejos la imagen de la crucifixión, que se encuentra en el centro del mapa. El mapamundi ejercía una fuerza fascinadora, despertaba alegría y miedo al mismo tiempo. Para muchos de los peregrinos se trataba del primer mapa que veían. Richard de Bello había realizado un mapamundi, un dibujo del mundo, como si hubiera tomado una servilleta o un pañuelo (mappae) y hubiera envuelto el orbe (mundus), quedando fijados sus contornos, sus confines, sus colores, sus pueblos y su historia. Ciertamente, ante los ojos del peregrino el mundo se abría en imágenes y nombres, precipitando un viaje visual que daba cuenta de una información compleja perfectamente articulada. Con sus más de 1.100 entradas, el mapamundi de Hereford ofrecía información sobre matemáticas, geografía, cosmografía, navegación, historia antigua, pasajes de la biblia, ermitas, ciudades, caminos… el peregrino podía acceder con su mirada a toda una paideia que aglutinaba diferentes saberes, sintetizados en un relato que había terminado por inscribirse en el mundo a partir de un fuerte simbolismo.
El mapamundi de Hereford seguía el esquema de la tradición geográfica medieval, por el que el mundo quedaba dividido en tres partes, una por cada hijo de Noé, quedando Asia en la parte superior, y Europa y África en la parte inferior; oceanus, el río del mundo, rodeaba toda la tierra. Este esquema, que encuentra su origen en Isidoro de Sevilla y que hoy conocemos como mapas TO, por tratarse de un círculo que engloba una T, orbis terrarum, orientaba el mundo hacia el este, hacia Oriente, lugar de la luz primera, antesala del Paraíso y del cielo.
La geografía medieval, siguiendo el relato fundacional cristiano, había situado Oriente en los confines del mundo, lugar donde nace el sol y escenario privilegiado de la historia cristiana, vasto territorio de monstruos, islas y prodigios que aproximaban la tierra al cielo. Oriente, su luz, el cielo y sus promesas, se erigían como el punto de fuga de una lectura vertical del mundo, un eje que ponía en funcionamiento ideas tan poderosas como centro y periferia, dentro y fuera, arriba y abajo.
El mapamundi de Hereford seguía un sistema de formas que ofrecía al peregrino una experiencia, la de orientarse… mirando, contemplando, leyendo. Ciertamente, cuando el peregrino se aproximaba al mapamundi se encontraba directamente con la ciudad de Jerusalén ante sus ojos, ahí, en el centro de todo, a una altura de 1,29 metros; un poco más arriba, a una altura de 2,15 metros, se encontraban el jardín del Edén, las escenas del Juicio, la tierras de Gog y Magog… Con solo alzar la mirada, el peregrino podía pasar de su aldea a los confines del mundo. Es más, si continuaba mirando hacia arriba, más allá del mapa, siguiendo las piedras de los muros hasta la lejana y a la vez cercana bóveda de la catedral, sus ojos llegarían a ver, según escribía Richard Sennett en La conciencia del ojo de 1990, la parte inferior del cielo; esa experiencia visual que también ofrecía el escenario de la catedral, puntos de fuga en sus arcos y bóvedas que nos recuerdan indudablemente a la caída y la ascensión. Con sólo alzar la mirada, el peregrino se tornaba protagonista de todo un estructurado material didáctico que operaba mediante analogías y topónimos ligados a un relato; con solo alzar la mirada, el peregrino, el observador, pasaba de los lugares en la tierra a los lugares fuera de ella, cruzaba una frontera, traspasaba el límite entre relato y representación.
El viaje del peregrino terminaba con una imago mundi que le ayudaba a orientarse en un mundo extraño, complejo y múltiple. Como podrá intuirse, esta orientación trascendía la misma idea de espacio. El mapamundi de Hereford ofrecía una imagen del mundo con un retraso de doscientos años respecto al conocimiento de aquel tiempo, y aun así conseguía orientar a los peregrinos en el viaje hacia el cielo, también en la navegación en tierra que le precedía. Ciertamente, los mapamundis medievales nos hablan, sobre todo, del tiempo. La expresión sans space, que empezamos a encontrar hacia el año 1175, tenía el significado común de inmediatamente. El mapamundi no trataba de ofrecer las direcciones y distancias exactas de un punto a otro, tampoco de dar cuenta de la naturaleza de los paisajes, de los ríos y las montañas, sino de ofrecer respuestas a preguntas ancestrales como ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? ¿qué actividades nos han sido dadas?
La geografía del mapamundi de Hereford era una geografía del reencuentro. El peregrino no abandonaba su casa, su aldea, sus campos y su iglesia, en busca de descubrimientos o exploraciones, sino que salía a la búsqueda de una patria perdida que se escondía entre las sombras de un espacio desconocido, salía para reencontrarse con los lugares y relatos que había oído nombrar en los sermones de su parroquia, o con suerte leído en los libros que describían el mundo y las posibilidades de habitarlo. Cuando el peregrino viajaba no descubría, sino que se reencontraba con algo perdido, se trataba del fin de un anhelo, aspiración que se veía colmada en la contemplación de un mapamundi, mirando, hacia arriba, hacia Oriente, orientándose.
2.- La casa y el mundo
La geografía medieval presentaba el mundo como la casa de todos los cristianos, y como cualquier otra construcción o edificio tenía que ser orientada. El mapamundi de Hereford jugaba con las ideas de totalidad y fragmentación, ecúmene y alteridad, dentro y fuera… construyendo una imagen total que producía un sistema de orientación al que se accedía mediante la contemplación y la observación. El mundo y el mapa eran la misma cosa. Si se piensa, el logro de la cartografía medieval a la hora de mostrar el mundo fue espectacular, totalidad inaprensible y sin embargo ahí, visible a nuestros ojos. En otros casos, la observación de la totalidad podía acarrear el padecimiento de la desorientación. De acuerdo a Constantino el Africano, médico nacido en Cartago hacia el año 1020, caían en la melancolía todas aquellas personas que se esforzaban demasiado en la lectura de libros filosóficos, o de libros de medicina y lógica, o de libros que permiten una visión (teoría) de todas las cosas. La melancolía remitía a la pérdida de la orientación, a un ensimismamiento que alejaba el mundo y lo hacía incomprensible. Por ello, Constantino el Africano no dudaba en recomendar que las viviendas de las personas melancólicas estuvieran orientadas a Levante y abiertas en esa dirección.
Casa y mundo, centro y periferia, dentro y fuera… son ideas propias de una concepción y representación arcaicas del espacio, las cuales necesitan un punto fijo desde el que explicar y definir las direcciones y las orientaciones. Pero también son ideas que se adentran en una asociación en apariencia de opuestos que termina por revelar un sistema de correspondencias complementarias, un sistema de orientación desde el que poder observar, recorrer, pensar y habitar el mundo. Es más, la tensión que existe en estas dualidades puede sernos de gran utilidad a la hora de aproximarnos al concepto de orientación, también a nuestra experiencia actual de desorientación o perplejidad.
En la Grecia Antigua, el concepto de orientación quedaba articulado por la relación entre el interior y el exterior, entre la casa y el mundo. Ciertamente, las divinidades Hestia y Hermes, en su interacción, eran los dioses de la orientación y del trazado de límites[Drafts/Chat GPT|Drafts/Chat GPT]. Hestia era la diosa del interior, de la casa, del hogar, del fuego que ilumina y da cobijo a los objetos que guardan las familias, también a sus secretos. Hermes era el dios del exterior, luz caída del cielo que vislumbra las fronteras, las rutas, las transiciones y todos los horizontes… El mundo antiguo se orientaba de acuerdo a la interacción de estas dos luces, una luz que titilaba en la profundidades del hogar y otra luz que se abría sobre el mundo y sus espacios. Este sistema de orientación no estaba basado en un único foco, proveniente de Oriente, sino que anclaba la casa al mundo y multiplicaba las posibles direcciones.
Hestia y Hermes no son familiares, ni amantes, ni vasallos o protegidos… son amigos, vecinos de este mundo nuestro sobre el que vuelcan sus interacciones. Allá por donde para Hermes, Hestia nunca anda lejos. Allí donde Hestia reside, Hermes puede aparecer en cualquier momento. Hestia y Hermes son dioses de la superficie habitada, viven entre nosotros, en nosotros, aparecen cuando construimos un techo, una puerta, una ventana… también cuando nos replegamos sobre nosotros mismos o nos abrimos hacia lo desconocido. El espacio humano se orienta y organiza de acuerdo a los juegos y encuentros de estos dos amigos que han hecho de la superficie habitada su morada. Allá donde discurre la vida de los hombres, Hestia y Hermes aparecen y desaparecen continuamente, configurando el mundo y sus espacios.
La casa se presenta como un topos en el cosmos, símbolo de la permanencia, fijeza e inmutabilidad… la casa es el punto fijo a partir del cual el espacio humano se orienta y se organiza, especialmente en su relación con el afuera, la apertura, la movilidad. Wallace Stevens describía así esta relación en su poema Of the surface of things de 1923: “In my room, the world is beyond my understanding; But when I walk, I see that it consists in three of four hills and a cloud”. Desde el interior de una habitación el mundo puede parecernos infinito, imposible de descifrar. Sin embargo, cuando salimos a caminar encontramos cierta lentitud en el orden de las cosas, cierta continuidad en su superficie, descubrimos la amplitud del paisaje y ahí el mundo se nos antoja un poco más compresible. Dentro, el mundo es una imagen; fuera, todo es naturaleza. Gaston Bachelard escribía, en su Poética del espacio de 1957, que el mayor beneficio de la casa consiste en albergar el ensueño, en proteger al soñador, en permitirnos soñar en paz, garantizando así un canal abierto de comunicación con el afuera, entre la casa y el mundo, en el espacio y en el tiempo. A veces estos sueños no van más allá de un pasillo, una ventana, una puerta, un patio… otras veces, nos desplazan hasta mares y jardines venidos del más allá cartográfico. Ahí radica el juego de espacios entre las geometrías interiores y los paisajes del afuera. Un juego, el de Hestia y Hermes, que no se limita a dar cuenta de lo lejano y lo cercano, sino que los une en suspensión, ocultándolos en sus propias capas de distancia, bajo la forma de flotaciones o reflejos. Ciertamente, Hestia es sedentaria, pero es ubicua. En otras palabras, en este mundo orientado de acuerdo a las ideas de interior y exterior, la casa puede aparecer aquí y allá, sin moverse, pero lista para volver a aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento. Por su lado, Hermes es móvil, pero necesita un centro… siempre orbitando alrededor de una luz intermitente. Podría decirse, que cada viaje, cada interacción entre Hestia y Hermes, produce un sistema de orientación.
Dos ejemplos. En 1972, Superstudio proyectaba desde las ideas del diseño radical una enorme supersuperficie que funcionaba como una arquitectura reflejada, sin centro ni periferia. Allí la orientación quedaría articulada por los actos fundamentales del ser humano: la vida, la educación, la muerte, el amor y la ceremonia. Así describían las posibilidades de observar el mundo, de recorrerlo y habitarlo: “Emprenderemos ese camino sin provisiones, llevando solo objetos queridos. Podremos decir: mi casa estará aquí durante tres días, dos meses o diez años. Haremos acrobacias musculares y mentales complicadas. Jugaremos a juegos maravillosos, de habilidad y amor. Hablaremos mucho y miraremos al sol, las nubes y las estrellas”. Unos años más tarde, en 1985, Toyo Ito proyectaba la casa de una muchacha nómada en Tokyo. Se trataba de una casa que flotaba por el espacio de la ciudad tecnológica, espacio repleto de pequeñas luces que se incorporaban al juego de la orientación, confundiéndose con las estelas de su propio movimiento flotante. Aquí el sistema de orientación quedaba resuelto por un pre-mobiliario para la moda, otro para el aperitivo y un último para la inteligencia, objetos transitorios y efímeros que tenían más de fenómenos espontáneos como el arcoíris que de construcciones, objetos que proyectaban un nuevo modo de vida con un sistema de orientación propio. En ambos ejemplos, el diseño construía un sistema de orientación que había depurado los significados, lanzándolos hacia delante, nombrándolos, proyectándolos, produciendo un reflejo que funcionaba a modo de espejo y que nos sumergía en la posibilidad de la transformación.
3.- Ninguna parte
Las ideas de permanencia y movimiento, constancia y cambio, centro y periferia, cerrado y abierto… son ideas antiguas y nuevas al mismo tiempo; antiguas porque hablan de nosotros, y nuevas porque nos vuelven a situar una y otra vez en el mundo, también en ninguna parte.
Habitamos un mundo global, complejo, atravesado por una aceleración del tiempo e impulsado por un desarrollo tecnológico sin precedentes. Habitamos el interior de una gran máquina que llamamos mundo interconectado, nuestras vidas discurren paralelas a sistemas tecnificados, automatizados, autónomos, inteligentes, que interaccionan con nosotros, aunque la mayoría de las veces pasen inadvertidos, invisibles, como si aconteciera un futuro que siempre hemos imaginado y que ahora no podemos ver, oculto en la propia complejidad de sus procesos; otras veces, solo visible en su declinación en los distintos productos de la industria. Nuestro mundo ya no se deja aprehender a partir de un objeto u otro, tampoco de una imagen, sino que encuentra sus claves de interpretación en la observación y articulación de los procesos. Nuestros días tampoco parecen limitarse al espacio de un mundo interconectado, sino que se abren hacia una dimensión más amplia donde la complejidad y la multiplicidad dibujan un paisaje de constelaciones, como si convirtieran el mundo en todo un universo.
El mundo que habitamos parece haber diluido el concepto de espacio y sus categorías. Hoy el mundo se anuncia como una superficie global, genérica, liquida, virtual, compleja y múltiple… como si habitáramos en ninguna parte, un espacio escurridizo en el que nos orientamos y desorientamos a un mismo tiempo. En este contexto, un mundo donde los objetos y las imágenes viajan con mayor facilidad que las personas, es interesante retomar la idea de la luz como sistema de orientación. En el mapamundi de Hereford, una sola luz venía desde arriba, desde Oriente, a organizar el mundo y sus direcciones, construyendo un dispositivo de la visibilidad, una imagen total. Por otro lado, las interacciones entre Hestia y Hermes configuraban un mundo más dinámico, que iba cobrando forma de acuerdo a los distintos juegos entre dos luces, una luz incandescente, interior, y otra luz diáfana, exterior. Cabe señalar que Hestia es pobre en imágenes y en relatos, es decir, sus dominios son de difícil acceso, permanecen ocultos en la sombras, si acaso algún pequeño destello en sus profundidades. Sin embargo, Hermes es profuso en representaciones, historias, analogías… su luz, su resplandor, condensa la misma idea de la visibilidad. A Hermes le competen los viajes, las exploraciones, los descubrimientos… también la comunicación y el comercio. Estas ideas encontraron en el nacimiento de la industria, y por tanto también en el nacimiento del diseño, un grado de sofisticación que todavía sigue marcando el mundo y sus orientaciones: la industria, el diseño, hicieron de la luz de Hermes la luz de lo nuevo, de lo nunca antes visto, de lo último en llegar… construyendo un sistema de orientación basado en los productos y regido por la luz del futuro. La historia de este sistema de orientación es la historia de cómo el exterior se ha ido apropiando del interior, desde las cámaras de maravillas al Crystal Palace de la Gran Exposición de Londres, la reforma del París haussmaniano, el televisor, la computadora, el teléfono móvil, el smartwatch… Hermes a la caza de Hestia, la luz del futuro habitando, opacando, nuestros más hondos territorios.
El mundo de hoy se parece mucho a una noche de luciérnagas, repleta de luces en movimiento, que se apagan y se encienden, trazando rutas, configurando otra vez un sistema de orientación, cada vez más complejo, cada vez con más interacciones. Las palabras de Baudelaire cuando describía el París de su tiempo siguen resonando con fuerza en nuestros días… desplazando nuestra mirada de un lugar a otro, de una luz a otra, para registrar nuevas experiencias en nuestra memoria, como si temiéramos que las imágenes se nos escaparan. El mundo está atravesado por esta lógica de las intermitencias, de las veladuras y los solapamientos, de un interior ubicuo y un exterior pivotante, todo en movimiento y por tanto inalcanzable. No hay mapa ni imagen que den cobijo a estos espacios múltiples de la superficie habitada, aquellos espacios en los que nos sentimos de una y otra orilla, en los que nos sabemos todavía dentro y sin embargo fuera de un tiempo suspendido, o quizás de un destiempo... según describía Michel Serres en su Atlas de 1994, espacios del tránsito, transparentes y virtuales, tan arcaicamente conocidos por todos los errantes, pertenecientes a un tiempo inmemorial.
En 1983, la revista Time Magazine eligió a la computadora máquina del año, dedicándole una portada que llevaba el título “The computer moves in” y que había sido diseñada por Roberto Brosan y George Segal. La escena nos muestra un interior, en ella podemos observar a un hombre sentado, con las manos en los muslos, frente a una computadora sobre una mesa. Entre la máquina y el hombre se produce una distancia que los separa. El hombre ni siquiera calza la silla a la mesa, se mantiene alejado contemplando la máquina, sin interaccionar con ella. Su cuerpo forma un zigzag. Está expectante, observando… a la espera de alguna reacción, quizás algún mensaje de bienvenida… hello! En la contraportada podemos asistir a una transformación, encontramos a una mujer cómodamente sentada en una silla que la recibe relajadamente, su cuerpo ya no forma ángulos rectos sino que adquiere la forma de una escena doméstica, está descalza y quizás esté bebiendo un café, quizás un té. La mesa ha sido desplazada a un lado y se ha reducido, sobre ella descansa una computadora que también se ha hecho más pequeña. Sobre la mujer hay un ventana ciega. No hay nada que mirar ahí fuera, la verdadera ventana es su computadora. Hestia y Hermes, dioses del interior y el exterior, de lo fijo y lo móvil, interaccionan nuevamente en esta escena donde nuestra intimidad adquiere dimensión global y donde el exterior se torna cotidiano. Sin fronteras, sin límites… pero también sin puntos fijos, sin orientación, en una navegación sin rumbo ni tiempo.
4.- Navegar
Aproximarse al concepto de orientación equivale a afrontar esta pregunta: ¿cómo observar, recorrer, pensar y habitar el mundo? Una pregunta muy amplia, especialmente cuando se formula desde ninguna parte. ¿Cómo leer, interpretar, pensar nuestra época? ¿Cómo adentrarse en el paisaje infinito de información que caracteriza nuestro tiempo? ¿Cómo orientarse en un mundo marcado por la multiplicidad de direcciones y conexiones?
Paisajes infinitos de información, multiplicidad de mundos simultáneos… navegamos desde la perplejidad asumiendo que nuestro ojo ha sido superado por un sistema tecnológico que ha hecho suya la tarea de cartografiar la complejidad, e incluso de interpretarla. A nosotros parecen quedarnos las preguntas. La orientación ya no se basa en preguntas pequeñas a las que le corresponden respuestas grandes y cerradas, sino que más bien atiende a un mundo de preguntas amplias a las que les corresponden multiplicidad de respuestas abiertas, las cuales al relacionarse entre ellas suelen llevarnos a una nueva pregunta.
El concepto de orientación, como el de las utopías, corre el riesgo de desvanecerse en el aire si se le interroga en exceso, especialmente si las preguntas están dirigidas a la obtención de respuestas cerradas. El concepto de orientación, como el de las utopías, es radical y ligero al mismo tiempo: radical porque nos inscribe en el mundo, y ligero porque habita con maestría los espacios intermedios. Ni sí ni no, ni lo uno ni lo otro, sino lo neutro, la suspensión de los contrarios, un juego de espacios que abre la posibilidad de habitar entre interrogantes y que hace saltar por los aires todas las respuestas. Afrontar el concepto de orientación implica habitar los espacios y tiempos intermedios, en equilibrio en su movimiento, donde el afuera no es sino un espejo en el que vernos reflejados y a través de cual seguir transformándonos.
Preguntas, espacios del tránsito, viajes, luces, superficies, movimientos, extensiones sin fin… son palabras que bien podrían definir nuestra época y las posibilidades de habitarla, palabras que definen por igual los conceptos de orientación y de desorientación. Ciertamente, tratar de orientarse en ninguna parte es lo mismo que reconocerse desorientados. Es más, la desorientación ya constituye por sí misma un espacio intermedio, un lugar privilegiado desde el que navegar, observar, pensar…
El mundo del mapamundi de Hereford era un mundo cerrado, un espacio fragmentado que quedaba contenido bajo el abrazo de Cristo, tal y como muestran los mapas que encontramos en los libros de salmos o salterios. Los mapamundis medievales atendían a un relato con vocación ecuménica, su objeto era el mundo y sus confines. Sin embargo, en el siglo XIII, este mundo cerrado y orientado se abriría en mil y una direcciones, perdiendo su centro y su periferia. Esta apertura, también ruptura, fue producida por otro tipo de relato muy diferente al de los textos sagrados, a saber, el relato de los navegantes y comerciantes, el cual abandonaba la totalidad del mundo y entregaba su orientación y representación a espacios más pequeños, pasando de la macro escala de los textos fundacionales a la micro escala de las costas, ese espacio intermedio entre el y mar y la tierra.
Ciertamente, el viaje de los comerciantes y marineros era un viaje muy distinto al del peregrino. Su relato ahondaba en la propia experiencia náutica ligada a los puertos y vías fluviales, produciendo un mundo muy distinto, también un mapa diferente. Los llamados portulanos, o cartas náuticas, constituyeron la representación de este mundo nuevo que se abría en todas direcciones, también su herramienta de orientación. Los portulanos eran mapas con un profundo esquematismo y un excepcional grafismo, servían a los marineros para la navegación de cabotaje, aquella singladura que de puerto en puerto, de nombre en nombre, dibujaba un itinerario que recordaba a las constelaciones de estrellas en el cielo. Los portulanos tuvieron su origen en el periplus griego, un libro con direcciones y descripciones de puertos, costas, distancias, vientos… pero sin mapa. El portulano introdujo un mapa al modelo del periplus mostrando las costas y algunos nombres de lugares a lo largo de ella. Se trataba de un mapa para marineros, la información era técnica, y prácticamente no había ninguna información sobre el interior. Los portulanos dejaron a un lado la representación de leyendas, mitos o los lugares bíblicos. En su lugar, un sinfín de líneas y nombres señalaban el contorno de las costas haciendo del espacio un elemento mensurable. El resultado era un mapa que había sido trazado y navegado recopilando información de primera mano, un mapa sobre el que descansaba una red conformada por rosas de los vientos conectadas por líneas de rumbos, una verdadera malla sobre la que el cartógrafo podía trabajar y a lo largo de la cual el marino podía navegar. Pero también una red para sostener el peso de la representación, sobre ella descansaban, como hábiles equilibristas, aquellos nombres que ya señalaban un nuevo orden de lectura del mundo y sus espacios.
Como navegantes del mundo contemporáneo, de sus múltiples superficies, podemos encontrar en el ejemplo del portulano un lugar desde el que observar, recorrer, pensar y habitar el mundo. Estar desorientados no significa estar perdidos, más bien se refiere a sin orientación. Los portulanos daban cuenta de un viaje entre los espacios intermedios, sin adentrarse en la tierra, sin adentrase en el mar. Así podríamos orientar nuestro viaje, navegando, recopilando información de primera mano, nombrando, trazando la costa de esta ninguna parte que habitamos, también de sus alrededores. De vez en cuando, desembarcaremos, tomaremos contacto con aquello que desde cubierta ha despertado nuestra curiosidad, también nuestra atención, fijando su lugar en la secuencia continua de una exploración. Dibujaremos entonces la línea de nombres que da rostro al mundo, constelación a la que llamaremos casa, y será nuestra, porque la hemos construido nosotros, conscientes de que el interior y el exterior no son estancos, sino que en su constante interacción las direcciones se multiplican, el mapa se torna brújula y el tiempo y la vida emergen a la superficie. Ahí fuera quedarán el cielo y las estrellas, las nubes y el sol, al fin y cabo, la primera imagen que del mundo vimos.
[Drafts/Chat GPT|Drafts/Chat GPT] Sobre la interacción Hestia y Hermes véase Jean Pierre Vernant, “Hestia-Hermès. Sur l'expression religieuse de l'espace et du mouvement chez les Grecs” en L'Homme, 1963, tome 3, n°3, pp. 12-50.